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¿Qué es lo virtual? de Pierre Lévy

¿Qué es lo virtual? de Pierre Lévy

La virtualización de la inteligencia y la constitución del sujeto

Tras haber examinado en el capítulo anterior las operaciones de
virtualización, en éste evocaré su objeto, o más exactamente la aparición
del objeto como realización de la virtualización. Pero con el fin
de llegar al objeto a través de una progresión lógica, conduciré al lector
en una exploración previa de la virtualización de la inteligencia. En
este capítulo y en el siguiente se entrelazan tres temas: la parte
colectiva de la cognición y de la afectividad personal, la cuestión
del «colectivo pensante» en tanto que tal y la inteligencia colectiva
como utopía tecnopolítica. La intrincación del tema del objeto y el de
la inteligencia colectiva sólo se podrá justificar en el transcurso
de la discusión que sigue.
Nosotros, los seres humanos, nunca pensamos solos ni sin la ayuda
de herramientas. Las instituciones, las lenguas, los sistemas de signos,
las técnicas de comunicación, de representación y de grabación
informan en profundidad a nuestras actividades cognitivas: toda una
sociedad cosmopolita piensa en nosotros. Por este motivo, a pesar
de la permanencia de las estructuras neuronales de base, el pensamiento es extremadamente histórico, fechado y localizado, no solamente en su propósito, sino también en sus procedimientos y modos de funcionamiento.
Si el colectivo piensa en nosotros: ¿se puede llegar a pretender
que existe un pensamiento actual, efectivo, de los colectivos
humanos?, ¿se puede hablar de una inteligencia sin conciencia unificada
o de un pensamiento sin subjetividad?, ¿hasta qué punto hace
falta redefinir las nociones de pensamiento y de psiquismo para que
lleguen a ser congruentes con las sociedades? Se dice que nos estamos
transformando en las neuronas de una hipercorteza planetaria.
76
[87] Por lo tanto, se hace urgente aclarar estas cuestiones y resaltar
las diferencias entre las formas de inteligencia colectiva, sobre
todo las que separan a las sociedades humanas de los
hormigueros y las colmenas.
El desarrollo de la comunicación asistida por ordenador y de las
redes digitales planetarias aparecería como la realización de un proyecto más o menos bien formulado: el de la constitución deliberada
de nuevas formas de inteligencia colectiva, más flexibles, más democráticas, fundadas sobre la base de la reciprocidad y del respeto a las singularidades. En este sentido, la inteligencia colectiva se podría definir como una inteligencia distribuida en todos lados, continuamente
valorizada y puesta en sinergia en tiempo real. Este nuevo ideal podría
reemplazar a la inteligencia artificial como nuevo mito movilizador
del desarrollo de las tecnologías digitales... y por añadidura podría
ocasionar una reorientación de las ciencias cognitivas, de la filosofía
del espíritu y de la antropología hacia cuestiones referidas a la ecología
o a la economía de la inteligencia.

Mientras exploramos estos problemas, incardinaré los conceptos
de virtual y de actual que he presentado en los capítulos precedentes,
así como la teoría de la antropogénesis a través de la virtualización.
Volveremos a ver las operaciones de aproximación a la problemática,
de desterritorialización, de puesta en común, de constitución
recíproca de la interioridad y la exterioridad que, desde el comienzo
de esta obra, se han asociado a la virtualización.
Después de recordar la función capital de los lenguajes, las técnicas
y las instituciones en la constitución del psiquismo individual,
expondré brevemente los temas centrales de la ecología o de la
economía cognitiva. Posteriormente intentaré formular una definición
de psiquismo compatible con la idea de pensamiento colectivo,
lo que me llevará a examinar las concepciones darwinianas de la
inteligencia y, después, a completar estas nociones mediante una aproximación afectiva, que nos permita descubrir la dimensión de interioridad del espíritu. En una tercera etapa, describiré las nuevas formas de inteligencia colectiva permitidas por las redes digitales
interactivas y las perspectivas que estas últimas abren hacia una evolución social positiva. El análisis del funcionamiento del ciberespacio
habrá servido para preparar la segunda parte, dedicada al análisis
del operador «objeto» en la constitución de los colectivos
inteligentes, del mercado capitalista al enigma de la hominización.
Finalmente veremos que el objeto, clave de la inteligencia colectiva,
soporte por excelencia de la virtualidad, se opone a la cosa «real»
como a su doble tenaz y perverso.

La inteligencia colectiva en la inteligencia personal: lenguajes, técnicas, instituciones.


Denomino «inteligencia» al conjunto canónico de las actitudes
cognitivas, es decir a las capacidades de percibir, de recordar, de aprender, de imaginar y de razonar. Todos los seres humanos son inteligentes en la medida en que poseen estas aptitudes. Sin embargo, el ejercicio de sus capacidades cognitivas conlleva una parte colectiva
o social generalmente subestimada.
En primer lugar, nunca pensamos solos, sino que lo hacemos en
el transcurso de un diálogo con uno o más interlocutores, reales o imaginarios.
Sólo ejercemos nuestras facultades mentales superiores en
función de una implicación en las comunidades vivas con sus herencias,
sus conflictos y sus proyectos. En segundo o en primer plano,
estas comunidades están siempre presentes en el menor de nuestros
pensamientos, y nos proporcionan interlocutores, instrumentos intelectuales o motivos de reflexión. Los conocimientos, valores y herramientas transmitidos por la cultura constituyen el contexto
nutricional, el baño intelectual y moral a partir del cual los
pensamientos individuales se desarrollan, establecen sus pequeñas
variaciones y, a veces, producen innovaciones mayores.
Lo primero que hay que recordar son los instrumentos. Nos es
imposible ejercer nuestra inteligencia independientemente de las lenguas, lenguajes y sistemas de signos (anotaciones científicas, códigos visuales, modos musicales, simbolismos, etc.) legados por la
cultura y que usan miles o millones de personas además de nosotros.
Estos lenguajes llevan consigo formas de fragmentar, categorizar y
percibir el mundo, contienen metáforas que constituyen filtros de
los datos y pequeñas máquinas de interpretar, arrastran toda una
herencia de juicios implícitos y de líneas de pensamiento ya trazadas.
Las lenguas, lenguajes y sistemas de signos inducen nuestro
funcionamiento intelectual: las comunidades que los han forjado y
hecho evolucionar lentamente piensan en nosotros. Nuestra inteligencia
posee una dimensión colectiva mayor porque somos seres de
lenguaje.
Por otro lado, las herramientas y los artefactos que nos rodean

incorporan la dilatada memoria de la humanidad. Cada vez que los utilizamos apelamos, por tanto, a la inteligencia colectiva. Las casas, los automóviles, los televisores y los ordenadores resumen líneas seculares

de investigación, de invenciones y de descubrimientos. También cristalizan las capacidades de organización y de cooperación puestas en práctica para producirlos.
Pero las herramientas no son sólo memorias, sino también máquinas
de percibir que pueden funcionar en tres niveles diferentes: directo,
indirecto y metafórico. Directamente, las gafas, microscopios,
telescopios, rayos X, teléfonos, cámaras fotográficas y de vídeo, televisores, etc., extienden el alcance y transforman la naturaleza de
nuestras percepciones. Indirectamente, los automóviles, los aviones
o las redes de ordenadores, por ejemplo, modifican profundamente
nuestra relación con el mundo y, en particular, con el espacio y el
tiempo, de tal forma que se hace imposible decidir si transforman
el mundo humano o nuestra manera de percibirlo. Finalmente, los
instrumentos y los artefactos materiales nos ofrecen innumerables
modelos concretos, socialmente compartidos, a partir de los cuales
podemos aprehender, por medio de metáforas, fenómenos o problemas
más abstractos. Así, Aristóteles reflexionaba sobre la causalidad
a partir del ejemplo del alfarero, la sociedad del siglo xvn representaba
el cuerpo como una especie de mecanismo y hoy construimos
modelos computacionales del conocimiento. Mediante los artefactos,
nuestra percepción del mundo participa en la inmensa labor del
hombre y en su dilatada inteligencia, aquí y ahora.
El universo de objetos y de herramientas que nos rodea y que compartimos piensa en nosotros de mil formas diferentes. De este modo, una vez más, participamos de la inteligencia colectiva que lo ha creado.
Por último, las instituciones sociales, leyes, reglas y costumbres
que rigen nuestras relaciones influyen de manera determinante en el
curso de nuestros pensamientos. Así, séase investigador en física energética, sacerdote, responsable de una administración pública u operador financiero, en cada caso, tal o cual cualidad intelectual se verá
más favorecida que otra. La comunidad científica, la iglesia, la burocracia estatal o la Bolsa encarnan formas diferentes de inteligencia
colectiva, con sus distintos modos de percepción, de coordinación, de
aprendizaje y de memorización. Las «reglas de juego» social, al presidir
los tipos de interacción entre los individuos, modelan la inteligencia
colectiva de las comunidades humanas, al igual que las aptitudes
cognitivas de las personas que participan en ellas.
Cada individuo posee un cerebro particular que, a grosso modo,
se ha desarrollado bajo ei mismo modelo que el de los demás miembros
de la especie. Para la biología, nuestras inteligencias son individuales
y parecidas (aunque no idénticas). Para la cultura, en cambio,
nuestra inteligencia es altamente variable y colectiva. En efecto,
la dimensión social de la inteligencia está íntimamente vinculada a los
lenguajes, a las técnicas y a las instituciones, notoriamente diferentes
según los lugares y las épocas. 


Economías cognitivas


Con las instituciones y las «reglas de juego» pasamos de las dimensiones colectivas de la inteligencia individual a la inteligencia del colectivo como tal. En efecto, se puede considerar a los grupos humanos como «entornos» ecológicos o económicos en los que aparecen y mueren, se expanden o disminuyen, compiten o viven en competencia, se conservan o mutan especies de representaciones o de ideas. No hablamos solamente de las ideas, representaciones, mensajes o proposiciones individuales,
sino de sus especies: géneros literarios o artísticos, modos de
organización de los conocimientos, tipos de argumentaciones o de «lógicas» utilizadas, estilos y soportes de los mensajes. Un colectivo humano es el escenario de una economía o de una ecología cognitiva en el seno de la cual evolucionan las especies de representaciones (Sperber).
Formas sociales, instituciones y técnicas modelan el medio ambiente
cognitivo, de tal modo que ciertos tipos de ideas o mensajes tienen más
posibilidades de reproducirse que otros. Entre todos, los factores que
afectan a la inteligencia colectiva, las tecnologías intelectuales, tales como los sistemas de comunicación, de escritura, de registro y reproducción de la información, cumplen una función primordial. En efecto, ciertos tipos de representaciones difícilmente pueden sobrevivir o incluso aparecer en entornos desprovistos de ciertas tecnologías intelectuales, mientras que prosperan en otras «ecologías cognitivas». Por ejemplo, las listas de números, los cuadros, los conocimientos organizados de un modo sistemático no se pueden transmitir cómodamente en las culturas sin escritura. Las sociedades orales, en cambio, favorecen la codificación de las representaciones bajo la forma de relatos, que se pueden retener y transmitir más fácilmente en ausencia de soportes escritos. Por poner un ejemplo más contemporáneo, hoy en día una parte creciente de los conocimientos se expresa por medio de modelos digitales interactivos y de simulaciones, lo que evidentemente era impensable antes de la aparición de los ordenadores con interfaces gráficos intuitivos. Los tipos de representaciones que prevalecen en tal o cual «economía cognitiva» favorecen modos de conocimiento distintos (mito, teoría, simulación, etc.), con los estilos, los criterios de evaluación y los
«valores» que les corresponden, si bien, los cambios de tecnologías intelectuales o de medios de comunicación pueden tener, indirectamente, profundas repercusiones en la inteligencia colectiva.
Las infraestructuras de comunicación y las tecnologías intelectuales
han establecido siempre estrechas relaciones con las formas
de organización económicas y políticas. Recordemos, a este respecto,
algunos ejemplos bien conocidos. El nacimiento de la escritura está
 vinculado a los primeros estados burocráticos con jerarquía
piramidal y a las primeras formas de administración económica
centralizada (impuestos, gestión de grandes territorios agrícolas,
etc.). La aparición del alfabeto en la Grecia antigua es contemporánea al
invento de la moneda, de la ciudad antigua y, sobre todo, al
nacimiento de la democracia: al extenderse la práctica de la lectura,
cada cual podía conocer las leyes y discutirlas. La imprenta hizo
posible una amplia difusión de los libros e incluso la existencia de
los periódicos, fundamento de la opinión pública. Sin ella, no
hubieran nacido las democracias modernas. Por otro lado, la
imprenta representa la primera industria de masa, y el desarrollo
tecnocientífico que favoreció fue uno de los motores de la revolución
industrial. Los medios audiovisuales del siglo xx (radio, televisión,
discos, cine, etc.) han participado en la aparición de una sociedad
del espectáculo que ha trastocado las reglas de juego, tanto en la
ciudad como en el mercado (publicidad, economía de la información y
de la comunicación). Sin embargo, es importante señalar que la
aparición o la extensión de las tecnologías intelectuales no determina
automáticamente tai o cual forma de conocimiento o de organización
social. Por lo tanto, debemos distinguir cuidadosamente las acciones
de causar o determinar, por una parte, y las de condicionar y hacer
posible, por la otra. Las técnicas no determinan, sino que
condicionan; abren un amplio abanico de nuevas posibilidades de las
que los actores sociales sólo seleccionan o aprovechan un pequeño
número. Si las técnicas no fuesen condensaciones de la inteligencia
colectiva humana, se podría decir que la técnica propone y que el
hombre dispone.


Máquinas darwinianas
La noción de inteligencia colectiva no es una simple metáfora o
una analogía más o menos clarificadora, sino un concepto coherente.
Intentaremos ahora construir este concepto. Nos hace falta una definición de «espíritu» que sea compatible con un sujeto selectivo, es decir, con una inteligencia en la que el sujeto sea a la vez múltiple,
heterogéneo, distribuido y cooperativo/competitivo, y esté constantemente comprometido en un proceso autoorganizador o autopoiéti81
co.* El conjunto de estas condiciones elimina automáticamente los
 modelos calculatorios o informáticos del tipo «máquina de
Turing», que1 no poseen la capacidad de autocreación.
Los modelos inspirados en la biología, en cambio, parecen
mejores candidatos, en especial el enfoque «darwiniano». Por
definición, los principios «darwinianos» se aplican a las poblaciones.
Ponen en acción un generador de variabilidad o de novedad:
mutaciones genéticas, utilización de una nueva conexión neuronal,
invenciones, creación de empresas o de productos, etc. Integrada en su
medio ambien-le, la máquina darwiniana selecciona entre las
novedades introducidas por el generador. Su elección está
determinada principalmente por la viabilidad y la capacidad de
reproducción de los individuos o subpoblacíones provistos del carácter.
Los sistemas darwinianos demuestran una capacidad de aprendizaje no
dirigido o (la misma conclusión a la que llega una teoría del espíritu)
una capacidad de autocreación continua. Por medio del juego
dialéctico de las mutaciones, de las selecciones y de la transmisión
de los elementos seleccionados, las máquinas darwinianas llevan
su entorno por el camino de una historia irreversible. Las máquinas
darwinianas encarnan a su manera la memoria de esta historia.
Los principios de los sistemas darwinianos se aplican simultáneamente
en la ecología de las especies vivientes, entre los grupos
humanos considerados como medios de desarrollo de las representaciones,
en la economía de mercado (poblaciones de productores, consumidores,
de bienes, etc.), en el psiquismo individual entendido como
sociedad de pensamientos y de módulos cognitivos, y, por último, al
funcionamiento del cerebro, entendido según los principios del darwinismo
neuronal. Agreguemos que los sistemas capaces de aprendí/
aje no dirigido pueden ser. junto a sus entornos, simulados por ordenador.
Los algoritmos genéticos y diversos sistemas de «vida artificial»
permiten imaginar que el programa, vinculado simbióticamente al
medio tecnológico y humano del ciberespacio, pronto podrá representar
el más reciente de los sistemas darwinianos capaces de aprendizaje
y de autocreación.
La máquina darwiniana es más inteligente porque funciona
«fractalmente» en muchas escalas o niveles de integración acoplados.
Por ejemplo, el mercado puede ser considerado como una máquina
darwiniana, pero es más «inteligente» en cuanto que las empresas y
los consumidores que lo animan son a su vez máquinas darwinianas
* Poiético: relativo a la producción o las artes de producción; por ejemplo
conocimiento poiético frente al conocimiento práctico y al teórico.
(organizaciones «aprendientes», asociaciones de consumidores). Un
cerebro es simultáneamente el resultado de un proceso darwiniano a
escala de la evolución biológica y a escala del aprendizaje
individual. Además, integra muchos tipos de «poblaciones
aprendientes» de escalas [93] diferentes: grupos de neuronas, mapas
extensos de zonas sensoriales, sistemas globales de regulación, etc.

Las cuatro dimensiones de la afectividad
Aunque ser un sistema darwiniano es una condición necesaria para
ser un espíritu, en nuestra opinión, sin embargo, no es una condición
suficiente. ¿Es la intencionalidad o el hecho de referirse a entidades
exteriores al espíritu lo que plantea problemas, como en los debates a
favor o en contra de la inteligencia de los ordenadores? No, pues las
máquinas darwinianas nunca actúan en un circuito cerrado sino que por
definición están acopladas a un entorno. Su naturaleza reside en
traducir lo ajeno en sí mismo o en implicar en su propia organización
la historia de sus relaciones con el entorno. En cambio, en la
definición general de las máquinas darwinianas. nada implica
necesariamente la experiencia subjetiva, la dimensión de interioridad
de la sensación, es decir, en definitiva, la afectividad. Es necesario
distinguir cuidadosamente entre la afectividad y la conciencia. Un
espíritu puede ser inconsciente, como el de algunos animales, como una
gran parte del espíritu humano o como los «espíritus» que surgen de
colectivos inteligentes. En cuanto a la afectividad, que puede ser
confusa, inconsciente, múltiple, heterogénea, constituye —a diferencia a la
conciencia— una dimensión necesaria del psiquismo e incluso puede ser
su esencia. Sin afectividad, el sistema considerado vuelve a la
insensibilidad, a la exterioridad y a la dispersión ontológica del simple
mecanismo. Un espíritu debe ser afectivo, pero no necesariamente
consciente. La conciencia es producto de la selección, del
alineamiento y de la visualización parcial de una afectividad a la que le
debe todo.
Nuestro propósito no es tanto decidir lo que Índica psiquismo y lo
que no lo indica, sino dar una definición de psiquismo que se pueda
aplicar tanto a un espíritu humano individual como a una inteligencia
colectiva: un concepto de espíritu que sea enteramente compatible con
un sujeto colectivo.
Un psiquismo integral, capaz, por lo tanto, de afecto, se puede analizar
a tenor de cuatro dimensiones complementarias: topológíca,
semiótica, una axiológica y energética. Ya he abordado estas cuatro
dimensiones en el capítulo dedicado a la virtualización de la economía.
Ahora las desarrollaré con mayor tranquilidad.
1. Topológica. El psiquismo está estructurado en cada instante por
una coneclividad, sistemas de proximidad o un «espacio»
específico: asociaciones, vínculos, caminos, puertas,
conmutadores, filtros o paisajes de signos de atracción. La
topología del psiquismo está en constante transformación,
algunas zonas son más móviles y otras más compactas, unas
más densas y otras más ralas.
2. Semiótica. Hordas mutantes de representaciones, imágenes,
signos, mensajes de todas las formas y naturalezas (sonoros,
visuales, táctiles, propíoceptivos, diagramáticos) pueblan el
espacio de las conexiones. Las jaurías de signos, circulando por
los caminos y ocupando las zonas de la topología, modifican
el paisaje de ios signos psíquicos de atracción. Por esa razón,
los signos o grupos de signos, también pueden ser llamados
agentes. De igual modo, las transformaciones de la conectividad
influyen en las poblaciones de signos e imágenes. La topología
es e! conjunto de conexiones o relaciones, cualitativamente
diferenciadas, que existen entre los signos, mensajes o
agentes.
3. Axiológica. Las representaciones y las zonas del espacio psíquico
están vinculadas a «valores» positivos o negativos, según
diferentes «sistemas de medición». Estos valores determinan
tropismos, atracciones y repulsiones entre imágenes, polaridades
entre zonas o grupos de signos. Los valores son móviles y
cambiables por naturaleza, si bien algunos también pueden dar
pruebas de estabilidad.
4. Energética. Los tropismos o valores fijados a las imágenes
pueden ser intensos o débiles. El movimiento de un grupo de
representaciones puede vencer algunas barreras topológicas
(distender ciertos vínculos, crear otros, modificar el paisaje
de signos de atracción, etc.) o, por falta de «fuerza», permanecer
en este lado. De este modo, una economía «energética»
(desplazamientos o inmovilizaciones de fuerzas, fijación o
movilización de valores, circulaciones o cristalizaciones de
energía, inversiones o desinversiones sobre las representaciones,
conexiones, etc.) irriga y anima el conjunto del funcionamiento
psíquico.

En el modelo que acabamos de bosquejar a grandes rasgos resalta
que el funcionamiento psíquico es paralelo y distribuido, más que
secuencial y lineal. Un afecto o una emoción se puede definir como
un proceso o un acontecimiento psíquico que pone en juego, al menos,
una de las cuatro dimensiones que hemos mencionado: topológica,
semiótica, axiológica y energética. Pero, siendo estas cuatro
dimensiones mutuamente inmanentes, un afecto es, más
generalmente, una modificación del espíritu, un diferencial de vida
psíquica. Asimismo, la vida psíquica aparece como un flujo de
afectos.
Este modelo, subrayémoslo, es compatible a la vez con los últimos
datos de la psicología cognitiva (y especialmente aquella que concierne
a la organización «semántica» de la memoria a largo plazo),
con las tesis principales del psicoanálisis, incluso del esquizoanálisis,
y no contradice la experiencia introspectiva o la fenomenología.
También es compatible con el enfoque darwiniano, ya que las configuraciones
del espacio psíquico abstracto en cuatro dimensiones
se ven continuamente modificadas por aportaciones «exteriores» y
redistribuidas por las propias dinámicas del medio físico. Se puede
conseguir que estas transformaciones constantes se correspondan con
los efectos del «generador de variedad» de la máquina darwiniana. El
sistema psíquico, integrado en su entorno, «selecciona» dinámicas
afectivas viables durante una historia o un camino evolutivo irreversible:
constitución de la «personalidad» individual o colectiva, aprendizajes,
invenciones, obsolencía de lenguajes, inversiones o desinversiones
afectivas.
El psiquismo constituye una interioridad. En efecto, su topología
no es un continente neutro, un sistema puro de coordenadas, sino, por
el contrario, un espacio cualitativo, diferenciado, en el que las partes
están relacionadas las unas con las otras y componen figuras o conjuntos
figuras/fondos. Además, los signos y mensajes, circulando y
poblando el espacio, remitiéndose recíprocamente, actualizando la
conectividad, forjan igualmente ¡a interioridad del espíritu. Los valores,
por su parte, se entredeterminan y forman un sistema. Por último,
la energía que irriga el espíritu sólo abandona un lugar para ocupar
otro, contribuyendo a una cierta forma de coordinación, de
codependencia y de unidad en el seno del psiquismo.
Pero la unidad del psiquismo es la de una multiplicidad pululante,
y su interioridad «afectiva» no es equiparable a un cierre. Como dice
Gilíes Deleuze, el interiores un pliegue del exterior. Hemos visto que
los psiquismos son también máquinas darwinianas, es decir que se
identifican como un proceso de transformación-traducción del prójimo
85
en sí mismo, un sí mismo que no está jamás definitivamente cerrado,
pero que está siempre en desequilibrio, en posición de apertura, de
acogida, de mutación. Un sí mismo cuya precisión es quizá la cualidad
singular del proceso de asimilación del otro y de la heterogénesis.
Esta apertura comienza con la simple sensación, discurre por el
aprendizaje y el diálogo, y culmina con el devenir: quimerización o
transición hacia otra subjetividad.
El modelo de psiquismo que hemos propuesto se puede aplicar a
un texto, una película, un mensaje o a una obra cualquiera. En efecto.
en el caso de un mensaje complejo, hay que distinguir:
• una colección de signos o componentes del mensaje;
• conexiones, devoluciones, ecos entre las partes del mensaje;
• una distribución de valores positivos o negativos entre los elementos,
zonas y lugares, así como un valor emergente del conjunto;
• y finalmente una energía diversamente invertida en algunos lugares
o en algunos valores: «líneas de fuerza», una estructura.
Si lo vinculamos a su significado, el conjunto del mensaje, funciona
como una configuración dinámica, una especie de campo de
fuerza inestable (interpretable de modos diversos) y que para funcionar
remite, evidentemente, a su exterior: otros mensajes, referentes
«reales», intérpretes.
El propio mensaje es un agente afectivo para el espíritu de quien
lo interpreta. Si el texto, el mensaje o la obra funcionan como un espíritu,
es que ya se han leído, traducido, comprendido, importado, asimilado
a una materia mental y afectiva. Un sujeto ha transmutado una
serie de acontecimientos físicos en mensaje significativo, o mejor, del
mismo modo que el rey Midas no podía tocar nada sin transformarlo
en oro, el espíritu no puede jamás aprehender nada que no se haya
convertido en los movimientos y repliegues de un esplendoroso tejido
coloreado: en afectos. Lo que acabamos de decir acerca de los mensajes
se aplica exactamente igual a todos los elementos de nuestra
experiencia, al mundo entero. Para nosotros, el mundo, nuestro mundo
humano es un campo problemático, una configuración dinámica, un
inmenso hipertexto en constante metamorfosis, atravesado por tensiones,
gris y poco dotado en algunas zonas, intensamente provisto
y lujosamente detallado en otras. Las proximidades geográficas, las
conexiones causales clásicas no son más que un pequeño subconjunto
de vínculos de significación, de analogía y de circulación afectiva
que estructuran nuestro universo subjetivo. El universo físico es

un caso particular del mundo subjetivo que lo rodea, lo impregna y lo
sostiene. El sujeto no es otra cosa que su mundo, a condición que por
este término se entienda todo aquello que envuelve el afecto. Por
tanto, decir que el psiquismo está abierto al exterior no basta, es sólo
el exterior, un exterior infiltrado, puesto en tensión, complicado,
transustanciado, animado por la afectividad. El sujeto es un mundo
bañado de sentido y de emoción.
La imagen que hemos dado de la inteligencia viva o del
psiquismo coincide con la de lo virtual. Por naturaleza, el individuo
afectivo, aunque esté siempre conectado a su cuerpo, se desenvuelve
fuera del espacio físico. Desterritorializado, desterritorializante,
existe, es decir, que cree más allá del «allí». El psiquismo, por
construcción, transforma el exterior en interior (el adentro es un
pliegue del afuera) y viceversa, ya que el mundo percibido está
siempre sumergido en el elemento del afecto. Por último, el paisaje
psíquico, tal y como me he esforzado en describirlo, pertenece al
ámbito de ¡a configuración dinámica. Es la vida de un nudo de
fuerzas, de coacciones y de finalidades, la intimidad de un conjunto de
tensiones, la imagen del marco inestable de signos de atracción
heterogéneos que define toda situación problemática abierta.
El elemento psíquico ofrece un ejemplo canónico de lo virtual.
¿Cómo se actualiza ese virtual? Por medio de los afectos. Una vez
más, los afectos designan aquí los actos psíquicos, cualquiera que sea
su naturaleza. La cualidad de un afecto depende del medio mental que
le dé sentido y al que contribuye a determinar. Las cualidades afectivas,
a causa de la implicación recíproca entre una subjetividad y su
mundo, también dependen de las cualidades del entorno, un medio
exterior que no cesa de ofrecer nuevos objetos, nuevas configuraciones
prácticas o estéticas para invertir. Así, a priori, ya no existen
más límites para la eclosión de nuevos tipos de afectos que los de la
producción de objetos o paisajes inéditos. Incluso se podría hablar de
una inventiva afectiva. Por tanto, la clasificación ordinaria de las emociones
(miedo, amor, etc.,) sólo ofrece una lista restringida y muy simplificada
de los tipos de afectos.
Sociedades pensantes
Se comprende mejor ahora por qué la inteligencia está impregnada
de una dimensión colectiva: por qué no son solamente los lenguajes,
los artefactos y las instituciones sociales quienes piensan
en nosotros, sino el conjunto del mundo humano, con sus líneas de
deseo, sus polaridades afectivas, sus máquinas mentales híbridas,
sus paisajes de sentido pavimentados de imágenes. Actuar en su
entorno, por pequeño que sea, incluso de un modo que se podría
pretender exclusivamente técnico, material o físico, equivale a erigir
el mundo común que piensa de una forma diferente en cada uno de
nosotros, a segregar indirectamente una cualidad subjetiva, a
trabajar en los afectos. ¿Qué decir entonces de la producción de
[98] mensajes o de relaciones? He aquí el núcleo de ¡a moral:
viviente, actuante, pensante, tejemos incluso la personalidad de la
vida de los demás.
También comprendemos por qué los colectivos humanos, como
tales, se pueden denominar inteligentes. Porque el psiquismo es, por
definición, colectivo: se trata de una multitud de signos-agentes en
interacción, cargados de valores, invirtiendo su energía en redes móviles
y paisajes cambiantes.
Los colectivos humanos son especies de megapsiquismos, no
sólo porque las personas los perciben y comprometen afectivamente,
sino porque pueden modelarse adecuadamente mediante una topología,
una semiótica, una axiología y una energética mutuamente
inmanentes. Megasujetos sociales, aunque sin conciencia de alineación,
que están impregnados de afectos. Un inmenso juego afectivo
crea la vida social. La función de selección y de presentación
secuencia! que la conciencia tiene en el ser humano, en los colectivos
está cubierta, mejor o peor, por estructuras políticas, religiosas
o mediáticas que, en contrapartida, habitan en los sujetos individuales.
Pero la comparación entre los servicios prestados al
individuo por su conciencia y los que los medios de comunicación
centralizadores o los portavoces prestan a los colectivos no
siempre redunda en beneficio de estos últimos.
Por supuesto, la inteligencia es fracial, es decir que se reproduce
de forma comparable en diferentes escalas de magnitud: macrosociedades,
psiquísmos transindividuales de pequeños grupos, individuos,
módulos infra-individuales (zonas del cerebro, «complejos»
inconscientes), disposiciones transversales de personas diferentes
entre módulos infra-individuales (relaciones sexuales, neurosis complementarias...).
Cada nudo o zona de la hipercorteza colectiva contiene,
a su vez, un psiquismo vivo, una especie de hipertexto dinámico
impregnado de tensiones y de energías adornadas de cualidades
afectivas, animadas de tropismos, agitadas de conflictos. Y sin embargo,
por su relación con un cuerpo mortal y a su conciencia, {apersona
manifiesta una tonalidad psíquica y una intensidad afectiva
absolutamente singulares.

En cambio, existe una cualidad extendida en grados diversos en
todos los tipos de espíritus, pero que las sociedades humanas (y no
los individuos) ejemplifican mejor que las demás: la de reflejar la
totalidad del espíritu colectivo, cada vez de un modo diferente, en
cada una de sus partes. Los sistemas inteligentes son
«halográficos» y los grupos humanos son los más halográficos de
los sistemas inteligentes. Al igual que las mónadas de Leibniz o
las ocasiones  actuales de Whitehead, las personas encarnan una
selección, una versión, una visión particular del mundo común o del
psiquismo global.

Colectivos humanos y sociedades de insectos
La noción de inteligencia colectiva evoca irresistiblemente el funcionamiento de las sociedades de insectos: abejas, hormigas, termitas.
Sin embargo, las comunidades humanas difieren profundamente
de los termiteros.


Primera diferencia, de la que se derivan todas las demás: la inteligencia
colectiva piensa en nosotros, mientras que la hormiga es una
parte casi opaca, casi no halográfica, un engranaje inconsciente del
hormiguero inteligente. Nosotros podemos disfrutar individualmente
de la inteligencia colectiva, que aumenta o modifica nuestra propia
inteligencia. Contenemos o reflejamos parcialmente, cada cual a nuestra
manera, la inteligencia del grupo. La hormiga, en cambio, no obtiene
más que un minúsculo disfrute o visión de la inteligencia social. No
recibe crecimiento mental. Beneficiaría obediente, participa sólo
ciegamente de la inteligencia de! hormiguero.
Esto equivale a decir, de una manera más trivial, que el hombre es
(más bien) inteligente mientras que la hormiga es, en relación al hombre,
tonta de remate. La hormiga no sólo recibe mucho menos que el
hombre de la inteligencia social, sino que también contribuye a ella
en una menor medida. Una mujer o un hombre, en el marco de una
cultura, son capaces de aprender, de imaginar, de inventar y finalmente
de hacer evolucionar, incluso muy modestamente, los lenguajes, las
técnicas, las relaciones sociales que tienen lugar en su entorno. En
estos menesteres, una hormiga —estrechamente sometida a una programación
genética— es poco capaz. En los insectos, sólo la sociedad
puede resolver problemas originales, mientras que los humanos,
son más inventivos que otros grupos, como las multitudes y las burocracias
rígidas. La inteligencia de las sociedades humanas es variable
y, en el mejor de los casos, evolutiva, gracias a la naturaleza de los
individuos que la compone y, lo que es la otra cara de una misma realidad,
los vínculos, a menudo libres o contractuales, que la tejen.
Por el contrario, en el marco de una especie dada de hormigas, el funcionamiento
del hormiguero es fijo.
La condición del individuo en uno y otro tipo de sociedad cristaliza
y resume el conjunto de las diferencias que las oponen. La situación
y la función de cada hormiga están definitivamente fijadas. En
 el seno de una especie particular, los tipos de comportamientos
o las diferencias morfológicas (reinas, obreras, soldados) se
organizan en castas y las hormigas de la misma casta son
intercambiables sin que ello suponga una pérdida. En cambio, las
sociedades humanas no dejan de inventar nuevas categorías, los
individuos pasan de una clase a la otra y, sobre todo, es imposible
reducir una persona a su pertenencia a una clase (a un conjunto de
clases), ya que cada individuo humano es singular. Las personas, al
tener su propio camino de aprendizaje, al encarnar respectivamente
mundos afectivos y virtualidades de mutación social (incluso mínima)
diferentes, no son intercambiables. Los individuos humanos
contribuyen, cada uno de un modo diferente y de manera creativa, a la
vida de la inteligencia colectiva que, por contrapartida, los ilumina,
mientras que una hormiga obedece ciegamente al rol que le dicta su
casta en el seno de un vasto mecanismo inconsciente que la sobrepasa
completamente.
Ciertas civilizaciones, ciertos regímenes políticos han intentado
asimilar la inteligencia colectiva humana a la de los hormigueros, tratando
a las personas como miembros de una categoría y, dando a entender
que esta reducción del humano al insecto era posible o deseable.
Nuestra posición filosófica, moral y política está perfectamente contrastada:
el progreso humano hacia la constitución de nuevas formas
de inteligencia colectiva se opone radicalmente al concepto de hormiguero.
En realidad, este progreso debe profundizar en la apertura de
la conciencia individual en el ámbito del funcionamiento de la inteligencia
social, mejorando la integración y la valorización de las singularidades
creativas que forman los individuos y los pequeños grupos
humanos en los procesos cognitivos y afectivos de la inteligencia colectiva.
Este progreso no está en modo alguno garantizado, sino que está
siempre amenazado por regresiones. Más que una ley de la historia
se trata de un proyecto transmitido, enriquecido, reinterpretado en cada
generación y desgraciadamente susceptible de esclerosis o de olvido.

La objetivación del contexto compartido
La reactualización contemporánea de este proyecto probablemente
pasa por un uso juicioso de las técnicas de comunicación en soporte
digital. Las tecnologías intelectuales y los dispositivos de comunicación
están conociendo en este final del siglo XX mutaciones masivas
y radicales. En consecuencia, las ecologías cognitivas están en
vías de reorganización rápida e irreversible. La brutalidad de la
desestabilización cultural no debe desalentarnos hasta el punto de ser
incapaces  de discernir las formas emergentes más positivas
socialmente y favorecer su desarrollo. Un nuevo dispositivo de
comunicación, al que llamaremos «comunicación todos-todos»,
aparece en el seno de las comunidades desterritorialízadas muy
amplias como uno de los principales efectos de la transformación en
marcha. Eso se puede experimeniar en Internet, en los tablones de
anuncios (BBS), en las conferencias o foros electrónicos, en los
sistemas para el trabajo o el aprendizaje cooperativo, en los
groupware o programas colectivos, en los mundos virtuales y en los
árboles de conocimientos. En efecto, el ciberespacio en fase de
constitución facilita una comunicación no mediática a gran escala
que, a nuestro juicio, constituye un avance decisivo hacia nuevas
formas más evolucionadas de inteligencia colectiva.
Como sabemos, los medios de comunicación clásicos (relación
uno-todos) establecen una clara separación entre los centros emisores
y receptores pasivos aislados los unos de los otros. Los mensajes
difundidos por el centro promueven una forma burda de unificación
cognitiva del colectivo, estableciendo un contexto común.
Sin embargo, este contexto es impuesto, trascendente, no es el resultado
de la actividad de tos participantes en el dispositivo, no puede
ser negociado transversalmente entre los receptores. El teléfono (relación
uno-uno) permite una comunicación recíproca, pero no permite
una visión global de lo que sucede en el conjunto de la red ni la
conslrucción de un contexto común. En el ciberespacio, en cambio,
cada cual es potencialmente emisor y receptor en un espacio cualitativamente
diferente, no fijado, sino acondicionado por los participantes
y explorable, Aquí, las personas no se reconocen por su nombre
y su posición geográfica o social, sino por los temas de interés
y por un paisaje común del sentido o del saber.
El ciberespacio, conforme a modalidades todavía primitivas, pero
que se perfeccionan de año en año, ofrece instrumentos de construcción
cooperativa de contexto común en grupos numerosos y geográficamente
dispersos. La comunicación, en este sentido, se despliega
en toda su dimensión pragmática. No se trata ya de una difusión o
de un transporte de mensajes, sino de una interacción en el seno de
una situación que cada cual contribuye a modificar o estabilizar,
de una negociación sobre significados, de un proceso de reconocimiento
mutuo de los individuos y de los grupos vía la actividad comunicativa.
La clave es la objetivación parcial del mundo virtual de significados
sometido al reparto y a la re interpretación de los participantes
en los dispositivos de comunicación todos-todos. Esta objetivación
dinámica de un contexto colectivo es un operador de inteligencia
 colectiva, una especie de vínculo vivo que tiene lugar en la
memoria o de conciencia común. Una subjetivación viva remite a una
objetivación dinámica. El objeto común suscita dialécticamente un
sujeto colectivo.
Veamos algunos ejemplos de este proceso. La World Wide Web,
tal como la hemos descrito en el capítulo 3, es una alfombra de sentido
tejida por millones de personas y que siempre está dispuesta en el
telar. De la unión permanente de millones de universos subjetivos
surge una memoria dinámica, común, «objetiva», navegable. Se descubren
también paisajes de significados que emanan de la actividad
colectiva en los MUDS (Multi-users dungeons and dragons), una especie
de juegos de rol en forma de mundos virtuales basados en el uso del
lenguaje, elaborados en tiempo real por cientos o miles de jóvenes
repartidos por todo el planeta. Bajo una forma menos elaborada,
también existen memorias comunes generadas colectivamente en
las conferencias electrónicas de los parlanchines, o en los news groups
de Internet, en las que la lista cambiante dibuja un mapa dinámico de
comunidades agitadoras. Estos dispositivos constituyen, en el mejor
de los casos, enciclopedias vivientes. Las respuestas a las frecuently
asked questions (EAQ)* de algunos foros electrónicos evitan las repeticiones
y permiten que cada cual se incorpore al diálogo con un mínimo
de conocimientos de base sobre el tema tratado. Así, se estimula
a los individuos a participar en la inteligencia colectiva de la manera
más pertinente.
También existen paisajes de significados compartidos en los árboles
de conocimientos, mercados libres de una nueva economía del
saber, que ofrecen a cada participante de la colectividad una visión
sintética de la variedad de competencias de su grupo y le permiten
localizar su identidad, en forma de imagen, en los espacios de saber.
En los árboles de conocimientos, la información siempre se presenta
en un contexto, según la relación visual figura/fondo, en la que la
* Preguntas efectuadas más frecuentemente. (N. del t.)
figura es la información y el fondo manifiesta el contexto. De este
modo, la misma información ofrece un aspecto, una imagen o una
máscara diferente según el contexto en que se encuentre. En cuanto
al contexto (el árbol, sus formas, sus colores), emerge dinámicamente
de los actos de aprendizaje y de transacción de saber que
efectúan los participantes y, de un modo más general, de los corpas
de información considerados y de su utilización por parte de una
comunidad.


La corteza de Antropía
La transmisión y la asignación de una memoria social son tan
viejos como la humanidad. Relatos, técnicas y sabidurías se transmiten
de generación en generación. Sin embargo, el progreso de las
técnicas de comunicación y de registro ha extendido considerablemente
el alcance de las existencias comparables (bibliotecas, discotecas,
cinematecas, etc.). Hoy en día, la información disponible
on Line o en el ciberespacio en general comprende no sólo las «existencias
» des te tritón al izadas de textos, imágenes y de sonidos habituales,
sino también los puntos de vista hipertextuales sobre esas
existencias, bases de conocimientos con capacidades de inferencia
autónomas y de modelos digitales disponibles para todas las simulaciones.
Además estas masas de documentos estáticos o dinámicos,
paisajes de significaciones compartidas coordinan las vanadas estructuraciones
subjetivas del océano informacional. La memoria colectiva
puesta en acción en el ciberespacio (dinámico, emergente, cooperativo,
reelaborado en tiempo real por medio de interpretaciones)
se debe distinguir con claridad de la transmisión tradicional de los
relatos y de las habilidades, como también de los registros estáticos
de las bibliotecas.
Más allá de la memoria, los programas son micromódulos cognitivos
automáticos que se superponen a los de los humanos y que transforman
o aumentan sus capacidades de cálculo, razonamiento, imaginación,
creación, comunicación, aprendizaje o «navegación» en la
información. Cada vez que se produce un nuevo programa, se acentúa
el carácter colectivo de la inteligencia. En efecto, si bien el suministro
de información sólo aumenta las existencias comunes (o enriquece su
estructuración), el programa se integra en los módulos operatorios
compartidos. La programación cooperativa del programa en e! ciberespacio
ilustra de modo sorprendente la autopoiesis* (o creación
* Póiesis: del griego; acción de crear o fabricar producción artística

de sí misma) de la inteligencia colectiva, sobre todo cuando el mismo
programa apunta a la mejora de la infraestructura de comunicación
digital.
El ciberespacio favorece las conexiones, las condiciones, las
sinergias entre las inteligencias individuales, debido a que un contexto
vivo está mejor compartido, los individuos o los grupos pueden
orientarse mutuamente en un paisaje virtual de intereses o de
competencia y se incrementa la diversidad de los módulos
cognitivos comunes o mutuamente compatibles.
Sabido es que en cada época histórica el hombre ha tenido la
sensación de estar viviendo un «giro» capital y esto relativiza todas
las impresiones del mismo orden concernientes al período contemporáneo.
Sin embargo, no puedo deshacerme de la idea de que hoy
vivimos una mutación mayor en las formas de inteligencia colectiva.
Los objetivación dinámica del contexto emergente, el reparto
masivo y creciente de operadores cognitivos variados y la interconexión
en tiempo real, independientemente de la distancia geográfica,
parecen reforzar de modo recíproco sus efectos. Uno de los
caracteres más relevantes de la nueva inteligencia colectiva es la
intensidad de su reflejo en las inteligencias individuales. Los actos
del psiquismo de una fracción creciente de la humanidad son perceptibles
para las personas casi directamente. Algunos tipos de mundos
virtuales casi permiten expresar y cartografiar en tiempo real
los componentes topológicos, semióticos, axiológicos y energéticos
de los psiquismos colectivos.
La imagen satelital de nuestro planeta, las imágenes que nos llegan
a través de una multitud de redes mundiales de captadores, los
modelos infonnatizados que integran estos datos, las simulaciones
que adivinamos en las reacciones de la Tierra, su historia, la intimidad
inimaginable de su vida de infinita lentitud, opaca, enorme y dispersa,
todo esto, poco a poco, hace surgir, o resurgir, en el espíritu
de los humanos la figura arcaica de Gaia. Frente a la antiquísima diosa,
mezclada todavía con su sustancia, ahora casi se puede oír o ver
pensar, creciendo ante nuestros ojos, rápido, crepitando, la gran
hipercorteza de su hija, Antropía.,
Esta sensación vertiginosa de sumergirse en el cerebro común y
de participar en él, explica el apasionamiento por Internet, tanto
como la búsqueda utilitaria de información. Navegar en el
ciberespacio equivale a recorrer con una mirada consciente la
interioridad caótica, el ronroneo incansable, las futilidades banales
(Aristóteles).
Y las fulguraciones planetarias de la inteligencia colectiva. El acceso
al proceso intelectual de la totalidad informa el de cada parte,
individuo o grupo, alimentando en contrapartida el proceso
intelectual del conjunto. Pasemos, entonces, de la inteligencia
colectiva al colectivo inteligente.
El ciberespacio, junto a numerosos aspectos negativos, en especial
el riesgo de dejar a un lado de la autopista una parte descalificada
de la humanidad, manifiesta propiedades nuevas que hacen de
él un importante instrumento de coordinación no jerárquica, de
puesta en marcha de una sinergia rápida de las inteligencias,
de intercambio de conocimientos, de navegación en los saberes y
de auto-creación deliberada de colectivos inteligentes.
Propongo, junto con otros autores, aprovechar este raro momento
en el que se anuncia una cultura nueva para orientar deliberadamente
la evolución en curso. Al razonar en términos de repercusión, se
condena al sufrimiento. Una vez más, La técnica propone, pero el
hombre dispone. Dejemos de diabolizar lo virtual (¡cómo si fuera lo
contrario de lo real!). No se trata de elegir entre la nostalgia de un
real fechado y un virtual amenazante o excitante, sino entre diferentes
concepciones de lo virtual. La alternativa es simple. O el ciberespacio
reproduce lo mediático, lo espectacular, el consumo de información
comercial y la exclusión a una escala todavía más gigantesca
que la existente hoy en día —ésta es a grandes rasgos la tendencia
natural de las «autopistas de la información» o de la «televisión interactiva
»—, o bien acompañamos las tendencias más positivas de la
evolución en curso y nos planteamos un proyecto de civilización
centrado en los colectivos inteligentes: recreación de los lazos sociales
por medio de los intercambios de saber, reconocimiento, escucha y
valoración de las singularidades, democracia más directa, más
participativa, enriquecimiento de las vidas individuales, invención
de nuevas formas de cooperación abierta para resolver los terribles
problemas que la humanidad debe afrontar, acondicionamiento de
las infraestructuras culturales y de programas informáticos de la inteligencia
colectiva.

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