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Una historia socio-técnica-cultural de las computadoras

En  una breve historia socio-técnica-cultural de las computadoras,  desarrollamos una revisión bibliográfica y de nuestra experiencia personal, ya que ésta es una historia reciente en el tiempo. Este texto ayudará a vincular más explícitamente los ámbitos micro y macrosociales, íntima conexión presente en toda práctica sociocultural que ninguna investigación cualitativa puede desconocer. A la vez enmarca los procesos que estamos estudiando y, a la manera de un faro orientador, ilumina los caminos por donde transitamos.

Autores: Silvana Comba y Edgardo Toledo

A modo de contextualización histórica 

Si en 1960 hubieran dejado de funcionar todas las computadoras muy poca gente lo habría notado. Unos cuantos científicos habrían visto demoradas las impresiones a partir de la última introducción de datos de las tarjetas perforadas. Tampoco se hubieran podido terminar algunos informes comerciales; y unos pocos sectores militares americanos se hubiesen encontrado con que no podían resolver sus cálculos de balística. Pero no hubiera ocurrido nada más que eso, en definitiva, nada grave.

 Muy distinta es la situación en el año 2001. Si dejaran de funcionar todas las computadoras, las sociedades estarían condenadas a detenerse. En primera instancia, no tendríamos suministro eléctrico, pero aún cuando éste se mantuviera (lo que es poco probable), prácticamente todo se pararía. La mayor parte de los vehículos motorizados se detendrían ya que para funcionar dependen de microprocesadores. Tampoco habría ferrocarriles, metros, ni aeropuertos. No podríamos establecer comunicaciones electrónicas: dejarían de funcionar los teléfonos, la radio, la televisión, las máquinas de fax, el correo electrónico y, por supuesto, Internet. Retirar nuestro dinero del cajero automático o del banco sería imposible. En síntesis, las empresas, el comercio a gran escala y los gobiernos operarían únicamente en un nivel básico y con no pocas dificultades. Como se dice comúnmente cuando deja de funcionar la computadora -expresión que a la vez es muy gráfica-, “se cayó el sistema”. En este caso el de las máquinas y por consecuencia el de las sociedades. Recordemos, no hace mucho tiempo atrás, la sensación de incertidumbre que generó el “efecto 2000” cuando se decía que podían colapsar los sistemas informáticos al cambiar la numeración de los años. En menos de cuarenta años hemos pasado de los métodos manuales de control de la vida y la civilización (de trabajar manipulando puramente átomos)  a casi depender por completo de las operaciones continuas de nuestras computadoras (trabajar con bits). Tal vez un abordaje fértil sería ver qué factores nos llevaron a estas formas de vivir (rodeados de artefactos y en esta época bajo formas  y características que podríamos resumir como digitales) y de organizar nuestras sociedades con este tipo de herramientas.  Sin duda que, en una primera instancia, para comprender el fenómeno aquí planteado tenemos que considerar los factores de orden técnico, obviamente sin dejar de lado lo social. Estos dos elementos comparten por partes iguales la complejidad de la problemática. En una segunda instancia, y muy emparentada con la primera, es preciso entender que en el nuevo modo de desarrollo, el informacional, la fuente de productividad recae en la tecnología de la generación de conocimiento, el procesamiento de la información y la comunicación de símbolos. Sin duda que en esta etapa en que se encuentra la sociedad y la productividad, nos dice Manuel Castells, el conocimiento, la información y la comunicación “son elementos decisivos en todos los modos de desarrollo, ya que el procesamiento de información siempre se basa sobre cierto grado de conocimiento y en el procesamiento de la información. Sin embargo lo que es específico del modo de desarrollo informacional es la acción del conocimiento sobre sí mismo como principal fuente de productividad. El procesamiento de la información se centra en la superación de la tecnología de este procesamiento como fuente de productividad, en un círculo de interacción de las fuentes del conocimiento y el procesamiento de la información” [1]  

Podríamos aventurar que fueron las necesidades de interconexión de las nuevas organizaciones –grandes y pequeñas, con y sin fines de lucro, públicas y privadas- las que propiciaron la difusión explosiva de las computadoras personales y las redes informáticas desde la década del ’70 –y, con mayor énfasis, en los últimos años. Las alianzas estratégicas de las que somos testigos día a día, las tercerizaciones, la toma de decisiones descentralizada de las grandes empresas, la operatoria de los fondos de inversión, etc. habrían sido imposibles de manejar sin el desarrollo de softwares que permitieran el uso flexible e interactivo de ordenadores conectados en red gracias a la comunicación digital. Los avances de las tecnologías informáticas de comunicación en red de los ’90 estimularon el surgimiento de los nuevos procesos de gestión, producción y distribución interactivos que facilitaron la colaboración entre diferentes firmas y sus distintas unidades de negocios.

 

Por eso la forma organizativa privilegiada de esta economía informacional/del conocimiento es la red. La eficacia de la organización en red “…parece estar en concordancia con las características de la economía informacional: las organizaciones de éxito son aquéllas capaces de generar conocimiento y procesar información con eficacia; de adaptarse a la geometría variable de la economía global; de ser lo bastante flexibles como para cambiar sus medios con tanta rapidez como cambian los fines, bajo el impacto del rápido cambio cultural, tecnológico e institucional; y de innovar, cuando la innovación se convierte en el arma clave de la competencia. En este sentido, la empresa red materializa la cultura de la economía informacional/global: transforma señales en bienes mediante el procesamiento del conocimiento.” [2]

 

Estas tecnologías que supimos construir y hoy llenan los espacios de nuestro entorno son numerosas. Basta con ver a nuestro alrededor y nos daremos cuenta. Todas ellas tienen un principio básico de funcionamiento, que queda establecido bajo el paradigma al que antes nos referíamos, y podríamos sintetizar bajo el nombre de informacional.

 Toda herramienta tecnológica nos está proponiendo una pedagogía, instrucciones de uso, distintos usos (según contextos, procedencias, normativas sociales, etc.), modos de acoplarnos a ciertos sistemas que ordenan la vida económica, política y social. Este razonamiento nos conduce a historizar los acontecimientos para establecer el contexto y precisar de qué hablamos cuando hablamos de usos sociales de las computadoras. “La historia ayuda a combatir el territorio de la actualidad y nos conecta con la historia social, los dramas históricos de una nación y con los ecos-sonoros que todo lenguaje arrastra. La historización de los acontecimientos técnicos no tiene como función acumular datos sobre su genealogía. La operación va mucho más allá de la ‘genealogía de los inventos’, a la que son tan afectos los teóricos postpositivistas de la ciencia y la técnica. La historia enseña, asimismo, a problematizar el futuro. La nuestra es la primera generación humana que le está legando al futuro problemas de los que no sabemos si los hombres posteriores van a estar en condiciones, no ya de resolverlos, sino siquiera de si va a haber alguien allí para hacerse cargo de ellos: los residuos atómicos cuya vida ‘útil’ supera los siete mil años, constituyen un ejemplo clásico. La polución de los mares, efecto, por primera vez, de la Revolución Industrial, es otro. Y al fin, es preciso desnaturalizar los productos de la organización técnica del mundo. Las tecnologías se nos presentan como naturales, como si fueran útiles, lógicas, como si nada hubiese que criticar en ellas. Pero no solamente tienen una historia, sino que en cada una de ellas está impresa la historia de luchas sociales cuyos desenlaces momentáneos han forjado éste, nuestro mundo. Para decirlo sencillamente: no se le puede creer a un discurso aquello que dice de sí mismo; no se puede describir la realidad con las categorías con que la ‘realidad’ ha elegido justificarse a sí misma.” [3] 

En plena revolución industrial, los avances de la técnica solían ser visibles y contundentes. Es que esas monumentales fábricas, con sus colosales máquinas emanando humo por las chimeneas, los transformaban en un hecho cercano a nosotros y revelador a la vez. Hoy el “imaginario” asociado a la técnica puede verse a través de imágenes de síntesis. Por Internet, y luego por la televisión, vemos cómo es el mapa genético de los seres vivos, las noticias de la nanotecnología o las tecnologías biométricas de control social. En un contundente salto hacia delante, la imaginación tecnológica del año 2000 está dejando atrás la imagen de las titánicas máquinas, de los resplandecientes arcos voltaicos y de los rugientes motores a explosión. Los medios hoy nos anuncian que en el futuro viviremos en casas inteligentes controladas por computadoras obviamente inteligentes. Para llegar a estos cambios, y que esta publicidad tenga un cierto grado de credibilidad, el teórico Ferrer sostiene que “… no sólo el maceramiento de las metáforas técnicas en el habla cotidiana hicieron falta, sino también una agresiva e insistente pedagogía moral cumplida a través de la escolarización obligatoria y la práctica masiva del consumo de noticias. Y aunque no fueran nunca homenajeadas, en la evolución de la imaginación técnica colaboraron diversas profesiones y dispositivos: el catálogo de las grandes tiendas y la venta ambulante de electrodomésticos están vinculados uno al otro, tanto como las revistas de tirada masiva y la publicidad de nuevas tecnologías. En una época anterior, ingenieros y estadísticos, oficios de la cuantificación, asumieron el rol de movilizadores de la imaginación tecnológica del Estado y de la población. Todos ellos decidieron qué debía entenderse por bueno, por bello y por único, y qué por falso, erróneo y obsoleto, y qué objetos y saberes habían de ser idolatrados y cuáles defenestrados y declarados anacrónicos.” [4]

   Tecnología y sociedad 

El hombre a lo largo de su historia, y sin detenerse, ha llevado a cabo constantes evoluciones, que no son ni más ni menos que cambios en las estructuras de las formas de vida. Y ha elegido hacer estos cambios con máquinas. Es por ello que la historia del hombre se encuentra inseparablemente entretejida con la historia de las máquinas. Inventó armas para la caza; el fuego, la palanca, la rueda, un lugar donde poder refugiarse. En definitiva comenzó un largo camino de transformaciones. [5] De ahí en más, las invenciones sociotécnicas estuvieron siempre ligadas a dominar su entorno para  mejorar la forma de vida.

 

En el siglo XVIII se produce un salto cualitativo en las formas de hacer las cosas, a partir de la creación de tecnologías como la máquina de vapor, la hiladora de varios usos, el proceso Cort en metalurgia y la sustitución de herramientas manuales por máquinas industriales para la producción. Al poco tiempo –aproximadamente 100 años- de haberse creado estas tecnologías le siguieron otras de igual importancia, ya que se desarrolló la electricidad, el  motor de combustión interna, la química basada en la ciencia, la fundición del acero y el inicio de las tecnologías de la comunicación, con la difusión del telégrafo y la invención del teléfono. Entre la primera oleada de inventos y esta segunda existen continuidades decisivas que permitieron el desarrollo del conocimiento científico para producir y dirigir un impulso tecnológico que, desde 1850 hasta nuestros días, no ha dejado de evolucionar. Pero lo crucial del invento de estas máquinas es que a partir de ellas el hombre  fue construyendo la propia comprensión del mundo y de sí mismo, de la existencia de otros semejantes y de un mundo que es maleable y, hasta cierto punto, controlable. [6]

 

Podemos distinguir tres o cuatro creaciones que nos parecen constitutivas de los grandes

avances a los que hoy asistimos. Porque la sociedad altamente desarrollada y ultra tecnologizada de hoy tiene su génesis en la creación de símbolos para comunicar, fuentes de  energía barata necesaria para producir, distribuir y usar las máquinas y las prótesis, entendidas estas últimas como suplementos de los órganos del hombre para manipular y controlar la naturaleza.[7] Para amplificar la visión, los microscopios y los binoculares; para los brazos, palancas, palas y agarraderas; para la voz, el amplificador, el micrófono, el parlante y el  teléfono y para la mente y el almacenamiento de datos, la computadora. El último desarrollo sería la constitución de redes a nivel planetario.

 

Es desde la Segunda Guerra Mundial en adelante cuando tuvieron lugar los principales avances tecnológicos de la electrónica: la microelectrónica, las computadoras y las telecomunicaciones. El primer paso se dio con la invención del transistor de contacto, hecho en base a material de silicio. Con el proceso de fabricación bajo el concepto de miniaturización de precisión se logró el circuito integrado. Luego, el otro paso hacia delante fue dado por ingenieros de Intel que lograron con éxito el microprocesador, esto es, el ordenador en un chip. De este modo, el poder de procesar información podía instalarse en todas partes y esto, en gran medida, se logra debido a una mayor miniaturización con un alto grado de especialización, una velocidad y capacidad de almacenamiento cada vez mayor y un precio accesible para los chips. [8]

 

A partir de estos inventos y de la necesidad de transformación de la industria y la agricultura, la información empieza a cobrar relevancia. La producción, circulación y consumo de códigos de este modo se convirtieron en los ejes fundamentales de las nuevas economías y, a la vez, ejes estructuradores de lo social/cultural.

 

Así como los sistemas de fichas, las tablillas, la escritura y la imprenta, cada uno en su momento, marcaron grandes cambios en casi todos los aspectos de la vida y representaron un avance significativo, hoy pareciera que estamos en una etapa de transición dentro de un gran ciclo evolutivo. Ciclo que empezó con lo que los historiadores llaman la primera revolución industrial (máquina a vapor, ferrocarril, acero, etc.) y la segunda revolución (electricidad, industria química, motores a combustión, etc.), siguió luego con una tercera fase (la electrónica, la aviación, la petroquímica, etc.) para llegar hasta la invención de la computadora, la comunicación en red, el software y culminar con la inteligencia artificial, la nanoingeniería y la biotecnología.

   La computadora en la historia sociotécnica

 Podemos hallar los principales ejes de la transformación tecnológica en los descubrimientos científicos e industriales basados en la electrónica que tuvieron lugar en un momento histórico como la Segunda Guerra Mundial y el período subsiguiente. La base que luego transformó a la tecnología de ese momento fue la invención de la primera computadora programable y el transistor, fuentes de la microelectrónica. No obstante, estas tecnologías empezaron a tener su apogeo, difusión  y aceptación en la sociedad en la década del 60 (en Estados Unidos).  En la década del 50 se inventó el transistor que hizo posible procesar los impulsos eléctricos a un ritmo más rápido en un modo binario de interrupción y paso, con lo que fue posible la codificación de la lógica y la comunicación con máquinas y entre ellas. A estos dispositivos se los denominó semiconductores y la gente los llama comúnmente chips; en realidad son millones de transistores juntos. El otro invento fue el circuito integrado que posibilitó la microelectrónica. Estos dos elementos desembocaron en  la invención del microprocesador, esto es, el ordenador en un chip a comienzos de la década del  ‘70. No obstante, hay otros antecedentes en la invención de las computadoras, como la ENIAC (Electronic Numerical Integrator and Calculator) en 1946, la primera computadora electrónica que pesaba 30 toneladas y ocupaba una sala gigantesca y la UNIVAC, en 1951 utilizada para el procesamiento de datos del censo de Estados Unidos. Hasta esta época las computadoras habían sido concebidas como meros instrumentos de cálculo y, poco a poco, se fueron perfeccionando hasta transformarse en máquinas con la capacidad de transformar cualquier tipo de informaciones codificadas, fueran textuales o gráficas. A este cambio en el uso y las potencialidades le correspondió una nueva definición; de ser una calculadora electrónica pasó a ser un ordenador electrónico (del cálculo a la comunicación).  Pero lo que en realidad produjo el salto cualitativo que mencionábamos más arriba fue la microelectrónica, a través del chip. Y esta historia comienza con la creación, en 1975, de una caja de cálculo con un ordenador de pequeña escala en torno a un microprocesador que podía realizar cálculos de una manera eficaz y relativamente rápida. Este invento llevó el nombre a Altair, por el personaje de una serie de televisión llamada Star Trak.  Esta fue la base para la creación de la Apple I y Apple II, las primeras computadoras que se comercializaron con éxito a partir de 1976. Desde el otro lado de la industria, IBM que ya venía desarrollando modelos de computadoras (mainframes) para áreas muy específicas, lanza al mercado su propia versión de microcomputadoras a las que denominó Ordenador Personal (Personal Computer, PC). En esta carrera Apple lanza al mercado su modelo Macintosh en 1984, modelo orientado al usuario con la introducción de la interface gráfica basada en íconos, desarrollada originalmente en el Centro de Investigación de Palo Alto, de la compañía Xerox. De este modo, la inclusión de una relación amistosa con el usuario posibilitó la invención del mercado de las computadoras personales.[9] 

El desarrollo de la microelectrónica permitió una mayor velocidad de cálculo por parte de dispositivos cada vez más pequeños y menos costosos y en condiciones de realizar operaciones más complejas. Se reúnen, así, los factores técnicos y de diseño para la fabricación de las computadoras personales y de uso familiar. La computadora, de este modo, comenzó a concebirse no solamente como un instrumento informático para el tratamiento y la transformación de datos, sino también como una máquina que facilita el hacer en la vida cotidiana. Con la incorporación de este tipo de herramienta electrónica al uso cotidiano (primero fueron los electrodomésticos, luego los aparatos de comunicación, la radio, el teléfono, el televisor) se terminaría de plasmar lo que Ferrer llama la “ideología del confort” ya que la computadora confiere una “modernidad” de la comodidad asociada a la tecnología de avanzada.

 Todo esto significó un cambio sustancial en la cultura informática ya que se dejaba atrás el elitismo que significaba el uso exclusivo de la computadora por expertos o individuos con una fuerte competencia en informática, en condiciones de programar o usar programas diseñados para expertos de guardapolvo blanco, en salas con aire acondicionado instaladas especialmente para que funcionasen las máquinas y las tarjetas perforadas que obviamente podían operar los técnicos especializados.  Si bien en los primeros tiempos de la computadora personal los equipos tenían un precio que no era accesible para la gran mayoría, por lo menos a los que podían adquirirlos les resultaba  relativamente sencillo el uso. El investigador Piscitelli al referirse a la introducción de esta concepción de computadora y a su materialización a través del primer programa de hoja de cálculo que se llamó Visicalc dice lo siguiente: “Sus efectos fueron equivalentes, si no mayores, al ejercido por el ferrocarril transcontinental: al acelerar el movimiento, cambió la cara de Estados Unidos y del mundo. La hoja de cálculo es una herramienta pero también, y no menos, una concepción del mundo, un paradigma, una realidad esculpida por los números. Su rasgo distintivo es simular a esa misma realidad, sobre todo cuando ella (como la mayoría de los negocios) no existe aún, creando escenarios, explorando desarrollos hipotéticos, probando distintas opciones. La gente aceptó instintivamente el ‘look’, la estructura visual, de la hoja de cálculo. No parecía que se estuviese trabajando con una computadora sino en el problema que a uno le preocupaba, pero ahora era mucho más fácil hacer cambios y ver los efectos. Visicalc cautivaba tanto a sus usuarios que mucha gente compró computadoras nada más que para poder usar las planillas de cálculo” [10] Lo que se logró bajo estos conceptos  – sintetizados en gran medida en la investigación conocida como Human-Computer Design- fue mejorar drásticamente la forma de comunicarnos con las máquinas contribuyendo a la difusión de las computadoras a nivel de usuario. Apple “creyendo levantar un emporio comercial con su lema ‘Una casa = una computadora’, en realidad estaba colaborando a desmontar –como nunca nadie antes ni después- la frontera que obstaculizaba la colaboración entre el hombre y la máquina”.[11]  Otra investigadora como Turkle expresa: “Las computadoras personales se anunciaron como una tecnología de líneas elegantes para gente guapa y con éxito. El Macintosh se lanzó al mercado como un ordenador amistoso, un compañero con el que poder dialogar, una máquina con la que trabajabas, no en la que trabajabas. Se produjo una nueva aceptación cultural de los ordenadores como objetos con los que podías llegar a implicarte sin miedo a un estigma social.” [12] 

A partir de ese momento la evolución sobre esta base fue constante. Las diferencias entre distintas compañías en el nivel de las interfaces y los programas fueron desapareciendo hasta llegar a hoy cuando, prácticamente, en el nivel de usuario, la forma de operar es muy similar. Esto es, encender una Apple o una P.C. es entrar en un infoespacio donde alojamos toda nuestra información, donde guardamos toda nuestra producción intelectual e imaginativa para poderla materializar –en la pantalla o en el papel- cuando nosotros lo deseemos. Usando el teclado y el mouse ingresamos a un espacio –metafórico- que nos hace sentir en nuestro escritorio. Abrimos y cerramos carpetas, borramos, cortamos y pegamos, copiamos, movemos a otra carpeta. En fin, parecería que estamos en un mundo familiar, casi doméstico, donde siempre nos sentimos cómodos. Sin duda, se trata de mundos virtuales, pero no menos tangibles. Lo que hacemos con las computadoras es tan experiencial como lo que hacemos en nuestro escritorio, en nuestras prácticas cotidianas.

 

Las máquinas han cambiado sensiblemente el modo de realizar las cosas y también el modo de comunicarnos, permitiendo desarrollar numerosas actividades creativas y profesionales a partir de su capacidad de  interconexión en red. En la década del ‘90, la versatilidad creciente y la capacidad de añadir memoria y velocidad de procesamiento, compartiendo la potencia informática en una red electrónica, cambiaron en forma decisiva la era de la computadora. Esta transformación se dio no sólo en los sistemas informáticos, sino principalmente –y éste ha sido nuestro interés a lo largo de toda la investigación- en las interacciones sociales, las formas organizativas y las configuraciones culturales.

 



[1] CASTELLS, MANUEL, “La era de la sociedad de la información. Economía, sociedad y cultura.”,  pág. 43, Vol. 1”, Ed. Alianza, Barcelona, 1996.

[2] CASTELLS, MANUEL, op. cit., pág. 89.

[3] FERRER, CHRISTIAN, “Partes de guerra en la imaginación técnica Argentina”, pág. 73, en Anuario del Departamento de Ciencias de la Comunicación, año 1999/2000, vol. 5, U.N.R., Rosario.

[4] FERRER CHRISTIAN “Emblemas y oficios del imaginario tecnológico.”, pág. 2,  Mimeo. 1998.
[5] DRUCKER, PETER, op.cit., pág. 42.

[6]  Hoy la noción de control por el conocimiento técnico-científico está bastante cuestionada. Para ampliar sobre este tema ver, entre otros libros, “La sociedad del riesgo” de Ulrich Beck. Numerosos autores enmarcados en el paradigma de la complejidad también tratan sobre este problema.

[7] DRUCKER, PETER, op.cit, pág. 151.
[8] CASTELLS, MANUEL, op. cit., Cap. 1.

[9] Para una descripción apasionante de cómo se dio el proceso de creación de la Mac, en la Xerox, ver La vida social de la información, op.cit.

[10] PISCITELLI, ALEJANDRO, op. cit., pág. 128.

[11] PISCITELLI, ALEJANDRO, op. cit., pág. 129.

[12] TURKLE, SHERRY, op. cit., pág. 131.
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